Megan

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Desperté en medio de una pesadez inusitada, me parece que cerca de las 3 de la mañana en esa funeraria de la calle Montclair, de San Francisco. Acompañaba a Verónica, que en esa época era mi novia y de cuya amiga de la familia, había muerto su hija Megan, una niña de seis años.

Me habían dicho que durante los últimos meses, la leucemia había hecho cruel presa de su cuerpo y la había matado poco a poco, en una tortura constante para su familia y en particular para su madre. Ella había tratado por todos los medios de encontrar si bien no una cura, al menos medicamentos paliativos que ayudaran a su hija a pasar con tranquilidad los últimos meses de vida. Era invierno, así que todo el lugar tenía cerradas las ventanas y puertas, solo quedábamos en esa noche de la velación los propios familiares de la difunta y unos muy pocos amigos.

Había sido agotador el último día, por lo que, en cuando abrí los ojos esa madrugada todos estaban profundamente dormidos, cansados de luchar contra la pena la pena desgastante y de llorar la cruel despedida final. Verónica se había recostado en mi hombro y dormía, con la respiración acompasada que acompañaba al ritmo compás reparador del sueño. Apenas se escuchaban ruidos ocasionales que llegaban de la calle y uno que otro equipo de calefacción que se encendía de manera automática para conservar el calor del edificio.

El padre de Megan no vivía con ellos y según me dijeron, llegaría desde la costa Este por la mañana. Su madre y su abuela, dos mujeres más que ya había ubicado durante la tarde y que me parecieron ser algo así como sus tías, también dormían. Recuerdo que alguien les había ofrecido unas gotas calmantes en los tés que estaban tomando, por lo que supuse que seguirían descansando hasta entrada la mañana, antes de continuar la triste jornada del adiós. Yo también le había dado un par de sorbos al té de Vero, al cual le había puesto un poco del mismo calmante, así que continuaba sintiéndome aletargado y con el cuerpo como si hubiera hecho ejercicio hasta el cansancio. Además, tenía acumulado el cansancio del viaje desde Guadalajara y previo a ello, el traslado en el autobús para poder tomar el vuelo a la ciudad. Así que de nuevo comenzaba a dejarme llevar por el sueño cuando entonces la vi, justo del otro lado de la amplia sala del velatorio.

Era una niña, que corría y se ocultaba en los sillones, entre los reclinatorios que habían puesto, sorteando las mesas con servilletas y vasos, como si jugara al escondite. Sonriente, volteaba para todos lados como revisando que no la pudieran ver y luego se refugiaba por la parte de atrás de los muebles, entre estos y la pared. Me pareció que se ponía en cuclillas y que así, arrastrándose salía luego por el otro lado del recinto. Luego, continuaba con esa actitud divertida que tienen los niños en los parques, entre traviesa e inocente, absolutamente despreocupada.

Me pareció raro que a esa hora estuviera en ese sitio una niña, pues no es habitual que estén chicos en las funerarias. La negación de la muerte es una característica de nuestra sociedad y mientras menos se tenga contacto con la sensación de la ausencia es mejor para todos. Quise moverme para despertar a Vero y avisarle, pero me sentía sumamente cansado, seguía con mi cuerpo sumergido en un letargo profundo. Así que solo pude contemplar lo que hacía la pequeña, quien continuaba corriendo y jugueteando de un lado para otro. Me pareció que por momentos se ponía a contar del uno al diez para luego buscar el siguiente escondite.

Repentinamente, la niña salió y se acercó a donde estaban dormidas la abuela y la mamá de Megan, las contempló de cerca y entonces volvió a sonreír. Tocó la mano de la abuela con la cual sostenía una foto de la difunta y trató de darle un beso. Justo en ese momento la señora se acomodó un poco, lo que causó que la niña huyera de nuevo y continuara con su diversión. Fue a ocultarse entre la profusión de ramos que había alrededor del ataúd.

No sé si el olor tan denso de las flores, aunado con el calmante que había tomado o el cansancio del viaje impedían que me moviera y me adormecían, pero alcancé a ver cómo la niña usaba un reclinatorio como si fuera escalera y se metía en el ataúd. Con la misma sonrisa pícara, se asomó para asegurarse de que nadie la había visto y procedió a bajar la tapa por donde se había metido. Antes de dormir otra vez, alcancé a escuchar el sonido característico de un pasador cerrándose en el féretro.

A la mañana siguiente, me despertó el ruido de la gente moviéndose (algunos rezaban), sirviéndose café o platicando. Con una mirada de resignación Verónica me dijo: “te quedaste totalmente en el limbo, preferí dejar que descansaras”. Me incorporé lo más rápido que pude para mirar en dirección al ataúd pero éste ya no estaba ahí. Con curiosidad y cierta alarma, pero sin decirle nada de lo que había presenciado, le pregunté a mi novia por él: ¿en dónde estaba?, ¿lo habían movido de sala, lo cambiaron de sitio para hacer el aseo? Ella me contestó: “hace más de tres horas se lo llevaron para la cremación, creo que ya debe haber terminado el proceso”.

Nunca le conté lo que vi o creí haber visto, nunca supe si lo soñé. Lo cierto es que antes de salir, encontré tirada la foto que tenía la abuela en su mano, durante la noche. Era Megan, idéntica a la niña que había visto en la madrugada, corriendo y jugando entre la gente dormida.

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