Berenice

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SAPAL León
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Berenice despertó abruptamente. Era invierno y la luz del nuevo día aún no se insinuaba en la ventana de su recámara. Intentó recordar qué había hecho antes de acostarse, pero le fue imposible, tenía la mente bloqueada tal vez por el hambre atroz que en ese momento notó, le atenazaba el estómago. Tenía que bañarse, hacerse un arreglo rápido y salir de nuevo, una jornada más a buscar trabajo con desesperación.

Entró con premura en el cuarto de baño y se dio una ducha con agua casi helada, no tenía dinero para pagar el gas y cayó en cuenta que tal vez tampoco para otras necesidades como comprar comida, o una medicina que necesitaba para paliar la tos que la atacaba desde hacía una semana. Los antidepresivos que le había recetado el psiquiatra hace tanto tiempo, le eran por completo inalcanzables. Se compuso lo más rápido que pudo y antes de salir pasó por el dormitorio de sus hijos para verlos y despedirse de ellos.

Berenice llega a la alcoba de los niños y los contempla dormidos. Son tan pequeños, tan ligeros, tan suaves en la cama que no percibe siquiera su respiración bajo los cobertores. El día comienza, en este amanecer de un silencio tan denso que oprime y llena de vacío sus oídos, es decir que tampoco logra escuchar sus respiraciones envueltas en el sueño de la inocencia eterna.

Con preocupación, Berenice salió a la calle con pasos inseguros y rápidos, la falta de sueño y de alimento la hacían trastabillar por la banqueta. Iba tan rápido que no se daba cuenta cómo los vecinos la contemplaban, con una mezcla rara de sorpresa y desconfianza. Cuando adelantaba unos pasos, los demás la señalaban y murmuraban comentarios envuelto en una mezcla de miedo, dudas y desconfianza. En invierno la luz apenas disipaba la forma de los transeúntes por la calle y mezclaba sus sombras, proyectadas en siluetas fantasmales por la luz de las farolas, todavía encendidas.

Entonces recuerda cómo ha sufrido durante largos meses en el proceso de divorcio de Julián, su desesperación en los tribunales y las carencias por las que ha pasado con sus hijos al quedarse sin dinero, sin apoyo de nadie. Recuerda cómo durante un tiempo sus padres la apoyaban cuando vieron su matrimonio tan problemático y sin amor. Agradece con un suspiro de nostalgia toda la ayuda que recibió, sobre todo con los niños a quienes los abuelos consolaban diariamente. Da gracias por los consejos y el compromiso a toda prueba, con el que sus padres la arropaban al ser la única hija en la familia. Viene a su mente el inesperado fallecimiento de sus padres ese día cuando habían discutido el tema de la separación. No es fácil tratar con personas de una visión muy conservadora, por más que te amen. La policía que fue una muerte accidental, que habían dejado por descuido abiertas las llaves del gas en la cocina.

Ella siguió caminando durante muchas cuadras y no estuvo segura cuantos lugares visitó. A cuantas puertas tocó para pedir trabajo, para buscar y hasta suplicar por un empleo. Entre la bruma mental causada por su debilidad recordó que traía consigo viejos recortes de la sección de empleos del diario local. Creyó ver entre la nebulosa de su conciencia las mismas caras, las mismas oficinas, el mismo desaliento y la frase de “nosotros te llamaremos”, repitiéndose interminablemente. En todos los sitios la rechazaron y en más de uno le dijeron amenazantes que no volviera y que dejara de insistir diariamente con el argumento gastado de su desesperación y necesidad, o llamarían a la policía.

La mente de Berenice se colapsa y se confunde otra vez. Se ve de nuevo adentro de su casa, apresurándose para salir. ¿No había vivido eso antes?

Antes de vestirse para salir pasa a ver a sus hijos dormidos, quietos e inmóviles. Les da un beso en sus mejillas y siente cómo la fría mañana invernal, el oscuro amanecer sin luz de esperanza les ha enfriado la piel. Ayer se habían ido a la cama llorando por el hambre y entonces Berenice recuerda cómo los cambió y acostó para contarles un cuento hasta que se durmieron. Contempló la imagen de ella cobijándolos, tapando con firmeza sus caras con las almohadas para que no llegara el frío a sus rostros. Se agitaron un poco, pero Berenice volvió a ser en su letargo cómo los niños se fueron quedando dormidos, quietos, para hundirse en el silencio de la noche inclemente.

Muchas veces, cuando iba en búsqueda de alguna oportunidad, creyó ver a sus hijos en las caras de otros chicos que pasaban junto a ella, luego todo se trastocaba y ella volvía a ser niña, cuando nada le preocupaba y solamente tenía que cada momento sin otra obligación que estar en su casa, comer cuando se lo mandaban, hacer la tarea y dejar pasar el tiempo porque no tenía amigas. Todos la rechazaban por “rara y con reacciones violentas”. Así se repite el patrón: salir, caminar, entrevistarse o creer que eso sucede y sentir el rechazo otra vez, infinitamente. Se mezcla el pasado con su presente, con la difuminada visión del futuro. ¿En dónde está? ¿Atrapada en una cadena infinita de secuencias y rechazo o en un futuro miserablemente encadenado a lo que ya no es? ¿Qué existe en verdad, en esa realidad o en varias que concurren?

Corre por un laberinto con vueltas y círculos abruptos, acelerando con velocidad impensable en ese túnel, para chocar repentinamente con una pared donde todo se detiene y no hay una vuelta, ni la oportunidad de volver atrás. Luego se contempla regresando a casa, se ve quedándose sin los recursos indispensables. Ve a sus hijos llorando, se mira de nuevo abandonada y desesperada.

Berenice está en su casa. Ha regresado luego de otra jornada infructuosa. Al volver, la gente en la calle la señalaba, volteaban a ver su casa con miradas inquietas y con curiosidad. En más de uno se leía alarma en el rostro. Tal vez.

Entonces entra en la recámara de los niños y los ve de nuevo dormidos, en paz y descansando, quizá están agotados por tanto llorar y por carencias rampantes. ¿Estuvieron así todo el día, o es que apenas han transcurrido unos minutos? Cierra lentamente la puerta para no despertarlos y se dirige a su cuarto. Entonces su mente salta de nuevo y en ese instante le permite ver un relámpago de lo real. Con horror percibe el olor a muerte por toda la casa: el ineludible tufo atroz, cruel y rotundo de la más angustiosa putrefacción.

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